El emotivo discurso de Rosa Verdú en la graduación de 2º de Bachillerato
La graduación de 2º de Bachillerato es uno de esos momentos que permanecen para siempre en la memoria de quienes los viven. Entre la emoción de las despedidas y la ilusión por los nuevos caminos que están por comenzar, las palabras adquieren un significado especial.
Durante el acto de graduación, nuestra compañera Rosa Verdú compartió con el alumnado unas palabras cargadas de afecto, reflexión y buenos deseos para esta nueva etapa.
A continuación, reproducimos el discurso que dirigió a los estudiantes en una tarde llena de emociones, recuerdos y esperanza. A todos ellos, les deseamos lo mejor en el camino que ahora comienzan. Que el futuro les brinde grandes oportunidades y muchas razones para seguir creciendo y soñando.
¡Feliz futuro y mucho éxito en todo lo que está por venir!
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
Konstantinos Kavafis
Queridos alumnos y alumnas, profesorado, familias, buenas tardes:
Vivo como un honor y un privilegio dirigirme hoy a vosotros, graduandos y graduandas (sois un gerundio precioso) en nombre de mis compañeros, de todos los profesores y profesoras que os hemos acompañado durante estos seis años y, por intensidad y cercanía, especialmente de los equipos docentes y tutoras de 2º de Bachillerato, un curso intenso, exigente. Pero aquí estáis, más cultivados, más fuertes, mejores. Ya pasó el peligro de ese acrónimo maldito y “pacífico” que nos ha perseguido durante todo el curso.
Algunos compañeros hemos coincidido con vosotros hasta en cuatro ocasiones durante la Secundaria y el Bachillerato y eso implica muchas horas juntos. Horas en las que hemos intentado compartir nuestro amor a la ciencia, al deporte, a las lenguas, el amor al arte (también en sentido figurado), a la belleza. Porque esto va de amor y belleza que, en definitiva, es lo que todos anhelamos: amor y belleza en nuestras vidas y en el mundo.
Y es que nosotros estamos aquí para deciros cosas bonitas (ahora que no nos oye nadie) en justa correspondencia por vuestra simpatía, cariño y generosidad en estos cursos compartidos.
Siempre me han gustado las despedidas porque brindan la ocasión de decir lo que no diríamos en otro momento por timidez, por pudor, por no cruzar esa barrera, de cristal, pero barrera al fin y al cabo, entre vosotros y nosotros. Pero os marcháis, y esa barrera ya es mucho más liviana, ya casi no existe. Y el mejor modo de halagaros que se me ocurre es deciros que os echamos de menos; y hay una hermosa palabra para ello: añoranza, Os echo de menos, y me consta que no soy la única. Sabemos que el sentimiento no es mutuo y lo entendemos... Pero siempre el que se queda acusa más la poderosa fuerza de la costumbre, ese trato vuestro tan impecable y cordial, de esa cordialidad que viene del cor, del corazón, y no solo de las formas. Por eso, en vuestra ausencia, los pasillos son ahora más fríos e inhóspitos.
Hemos intentado, con mayor o menor fortuna, dar clase y dar ejemplo, porque, entre lo mucho que aprendemos de vosotros cada día, está que os movéis por lo que los adultos hacemos y no por lo que decimos. Aunque la palabra sosegada sea, frente al vértigo de la inmediatez, la mejor aliada. De ahí nuestra insistencia siempre en que seáis impecables con las palabras. Y, por eso, ojalá os acompañe siempre un grato recuerdo de vuestros profesores en el instituto, de nuestras palabras, de nuestras acciones. Como dice Irene Vallejo: "felices quienes topan con buenos maestros, aunque sea una sola vez en la vida: ya no habrá vuelta atrás". En tantos años, seguro que ha ocurrido esa “sola vez” en la vida. Ojalá hayan sido muchas. Ojalá hayan sido todas.
Estudiar es hoy un derecho y una obligación, pero durante siglos, durante milenios, fue un privilegio, una ley privada. Esa obligación, de “ob ligare”, implicaba un vínculo, una unión en favor de otro. Que tengamos una educación pública es un derecho y una obligación, como también lo es cuidarla y defenderla. Y es ese vínculo el que finalmente nos ha unido a todos, familia y escuela, en el deseo de mejorar vuestras cualidades a través del estudio, de cuidar vuestra mente y vuestro cuerpo. Porque la educación, aunque sea obligatoria y aunque parezca paradójico, es la base de la libertad, multiplica nuestras opciones. En cualquier estudio que emprendáis, universitario o no, relacionado con el mundo laboral o no, no dejéis de sentiros libres y obligados y privilegiados, porque el saber y la cultura todo lo embellecen, todo lo mejoran. A vosotros, también.
También nos recuerda Irene Vallejo, tan sabia e inspiradora siempre, que palabras como “inteligencia” o “intelecto” contienen la raíz de “lector”. Ser inteligentes es leer libros, leer entre líneas, leer la realidad, leer los rostros y los gestos. Un lector es también un elector, pues cultivar la lectura significa poder elegir y cuidar la sociedad y la democracia. Ojalá alguna vez, una sola vez, en vuestra vida, volváis la vista a estas lecturas de Bachillerato denostadas por ser obligatorias (aunque leer no admita imperativos) con cariño y gratitud, porque tenéis la fortuna de que un día existieron esos poetas, esas escritoras y escribieron para vosotros. Porque no leéis para un examen, leéis para la vida; leéis para siempre, para ser felices, para ser mejores.
Nuestra lista de deseos para vosotros no acabaría nunca, pero continúa un poco más con algo muy sencillo: cultivad la diferencia, aunque, como al poeta, “vuestras alas de gigante os impidan caminar”. Porque en este mundo global, uniformado, necesitamos la diferencia para respirar. Y, porque por algo sois, como diría Baudelaire, “la santa juventud, de límpida mirada como el agua que corre”.
Sed seres comprometidos con los vuestros, pero también con los otros. Algunos y algunas (espero que muchas algunas, porque significaría que estáis haciéndolo mejor que nosotros) tendréis en el futuro responsabilidad y poder. Honrad ese poder y haceos merecedores y merecedoras de él.
Y unos últimos deseos: que el futuro os depare más luces que sombras y que, si estas últimas llegan, las afrontéis con entereza. Y, si os equivocáis, como esa paloma errática de Alberti, y vais al Sur queriendo ir al Norte, y confundís el trigo con el agua, las estrellas con el rocío y el calor con la nevada, no olvidéis nunca que siempre tenéis derecho a empezar de cero. Esa es la maravilla de la vida. Y ojalá podáis, como nuestro querido Luis Cernuda, ser aquellos que imaginabais.
Cultivad la alegría, pues el humor salva de la derrota, del hastío, del miedo, de la tristeza. Sin olvidar nunca que “llorar es de valientes” y que siempre tendréis la Literatura, como ese lugar al que volver, ese lugar por el que otros transitaron por el dolor o la dicha antes que vosotros y han sobrevivido para contároslo. Porque la Literatura no cuenta la vida de un autor; cuenta tu vida.
Como os decía al principio, siempre me han gustado las despedidas, pues este tono íntimo nunca lo hubiese adoptado en otro contexto y este discurso tan “modalizado” y cariñoso tampoco os habría llegado nunca. Así que, con el deseo de que tengáis una vida plena en lo personal, en los estudios y en lo profesional, nos despedimos de vosotros sin que sepáis que en este adiós va un suspiro, porque os quedáis aquí conmigo, con nosotros, como el primer amor.
Ha sido un placer. Ya sabéis dónde encontrarnos. Buena suerte y buena vida.
Rosa Verdú
Profesora de Lengua Castellana y Literatura
Coordinadora de la biblioteca
