En septiembre, el que quiera comer pan, que lo siembre.
El olor inconfundible del verano y los libros ha llenado nuestra biblioteca durante estas tórridas vacaciones. Junto a él, el sonido del trabajo de quienes, mientras el instituto parece abandonado, han preparado cada rincón para que todo esté ahora organizado: libros, listas y mil pequeños detalles.
Regresan los folios, los carteles y el trasiego de los primeros días. Vuelven las solicitudes, los documentos, las reuniones y, sobre todo, la algarabía del alumnado. Algunos cruzarán por primera vez nuestras puertas; otros volverán con la alegría de quien ha disfrutado de las vacaciones, pero ya tenía ganas de reencontrarse con sus «iguales»; otros necesitarán un periodo de adaptación más o menos largo; otros incluso lamentarán la vuelta a las clases, por sinsabores pasados, sin saber que empezar de cero está al alcance de todos, sobre todo en la vida escolar, en este interesante y cambiante atlas de geografía humana que es un centro educativo.
Y, entre las prisas y las voces, la biblioteca aparece como ese remanso de paz, ese oasis, ese espacio necesario para la calma y la escucha que supone la lectura. Ningún lugar como este para saber que nada de lo que ocurra en el instituto será tan grave como para que no podamos solucionarlo con la magia de la palabra sabia, que a nadie agravia.
Que durante este curso nuestras palabras construyan, nuestros gestos acompañen y cada persona que forme parte de esta comunidad sienta que este es su lugar.




