UN DÍA CUALQUIERA EN EL COLEGIO DESDE LA GENEROSA MIRADA DE UNA MAMÁ.

Gracias, maestr@s: una mañana en el cole me cambió la perspectiva.

Soy mamá de dos niñas, una de 8 años y otra de casi 5. Son bastante autónomas y hemos dejado atrás esa etapa agotadora de bebés que demandan atención constante. Aun así, muchos días termino exhausta. Y con culpa, mucha culpa, deseando que llegue la noche para poder descansar un poco. Hace unos días fui al colegio de mis hijas y mi perspectiva cambió por completo. Entré primero en la clase de mi hija pequeña y aquello era un auténtico torbellino. Todos llamaban a la maestra al mismo tiempo: —María, mira esto. —María, la botella. —María, me duele un dedo. —¡María! Y María, con una calma admirable, atendía a todos uno por uno. Escuchaba, respondía, solucionaba pequeños problemas y seguía adelante como si aquello fuera lo más normal del mundo. Después llegó la tertulia literaria. Yo me los imaginaba a todos sentados y atentos. Ilusa de mí. Antes había que conseguir que se sentaran, que abrieran el libro por la página correcta, que no hablaran, que no se levantaran ni molestaran al compañero. Y cuando parecía que todo empezaba a funcionar, algo volvía a interrumpir la dinámica. Además, había un niño con diversidad funcional que necesitaba atención prácticamente constante. Y aun así, María seguía atendiendo a 19 niños y niñas que reclamaban ayuda, afecto, explicaciones o simplemente sentirse vistos. Porque al final todos quieren eso: sentirse vistos. Después fui a la clase de mi hija mayor pensando que, en segundo de Primaria, todo sería más tranquilo. Ilusa de mí. La escena era distinta, pero igual de intensa: niños hablando, otros distraídos, preguntas repetidas una y otra vez, recordatorios constantes para sentarse bien, escuchar o dejar de jugar. Y mientras tanto, la maestra seguían enseñando con paciencia infinita en un aula sofocante de calor. A las doce y media yo estaba agotada… y solo había estado observando. Entonces pensé en mí. En esos días en los que llego rendida a la noche con solo mis dos hijas. Y salí del colegio dando gracias por ellas, sí, pero también profundamente agradecida a quienes pasan cada día al frente de un aula. Mis hijas adoran a sus maestras. Y que una niña adore a su profesora significa mucho más que “caerle bien”. Significa sentirse querida, segura e importante. Sentirse vista entre otros 18 compañeros. Por eso, cuando escucho decir que los maestros tienen demasiadas vacaciones o que trabajan poco, pienso que quizá deberían pasar solo una mañana dentro de un aula. Solo una. Estoy convencida de que saldrían con una perspectiva muy distinta. Yo salí con más admiración, más respeto y un agradecimiento enorme. Porque lo que hacen cada día no está pagado. Gracias, maestr@s. Gracias por vuestra paciencia. Gracias por vuestra calma cuando todo parece caos. Gracias por enseñar. Gracias por cuidar. Y gracias por conseguir que nuestros hijos e hijas se sientan vistos, escuchados y queridos cada día.

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