Había una vez, en un colegio muy alegre y lleno de voces infantiles, una torre muy, muy antigua. Llevaba tantos años en pie que ya había visto jugar, aprender, reír y crecer a miles de niños y niñas. Cada curso, ella los miraba con cariño desde lo alto, y se sentía feliz de ser parte de su historia.
Pero un día, la torre empezó a sentirse un poco rara. No tenía tanta energía como antes y algunas de sus piedras parecían cansadas. Además, sus tejas estaban viejas y necesitaban una renovación.
Últimamente, en el pueblo caían lluvias muy fuertes, y la torre notaba que ya no estaba tan protegida como antes.
Las profes y las familias, preocupados, llamaron a unos especialistas para que la revisaran. Estos miraron, tocaron y pensaron mucho… aunque no sabían exactamente qué le pasaba, sí estaban seguros de algo: ¡había que cuidarla para que volviera a sonreír! Así que decidieron llamar a unos albañiles muy habilidosos, que llegarían pronto con sus cascos y herramientas para ponerla más guapa, cambiarle las tejas y darle una capa de protección contra la lluvia.
Pero había un detalle importante: a la torre no le gustaban los cambios. Estaba acostumbrada a su aspecto de siempre, y aunque sabía que todo era para mejorar, se sentía un poquito rara.
Cuando los niños y niñas del colegio se enteraron, pensaron que podían ayudarla.
—Si le ponemos un nombre, seguro que se sentirá mejor —dijeron—. Porque tener un nombre especial hace que uno se sienta querido y acompañado.
La torre, al escuchar aquellos planes, se emocionó. Nunca había estado sola, pero ahora descubría lo importante que era sentirse cuidada y comprendida.
Porque, en esta historia nuestra torre, igual que las personas, también tiene emociones: a veces se siente fuertes, otras veces cansadas y ahora lo que necesita es amor y un nombre que le recuerde lo especial que es.
El pasado viernes todo el alumnado salió del cole con el primer capítulo de este minicuento, enmarcado dentro de nuestro proyecto de EMOCIONARTE.
Podéis ver el vídeo a continuación:
