Qué triste es ver a un niño pequeño con un móvil: sentado en una plaza, caminando con sus padres, en su carrito de bebé o comiendo en un restaurante, mientras miles de cosas suceden a su alrededor. Una paloma picotea un trozo de pan, una señora pierde el sombrero por el viento, una niña juega a la pelota, un guardia se tropieza con una farola, el viento mueve las hojas del suelo… y él sigue ahí, mirando la pantallita, como un zombi. Sin aprender casi nada, portándose de maravilla —eso sí—, sin molestar, sin estorbar… pero dañando permanentemente su cerebro.
Se les llama nativos digitales, pero nadie nace con un móvil o una tablet debajo del brazo, igual que antes tampoco veníamos con un pan. Por eso, el término que mejor define a estas generaciones es el de nutridos digitales, porque somos nosotros, los adultos, quienes les alimentamos con esa pantallita, a veces desde sus primeros meses de vida, en contra de lo que recomiendan todos los expertos y la Organización Mundial de la Salud.
Lo hacemos porque es fácil, porque todo el mundo lo hace, porque “es solo un ratito”… pero lo hacemos. Y al hacerlo no solo perjudicamos su presente —impidiéndoles observar e interactuar con el mundo real—, sino también su futuro. Tal y como señala María Couso en su libro Cerebro y Pantallas, el uso de pantallas en edades tempranas tiene efectos negativos permanentes en el desarrollo cerebral.
Entonces, ¿qué podemos hacer? Muchas cosas. Para empezar, retrasar el uso del móvil lo máximo posible. Es difícil, pero ya existen grupos de familias que se organizan para evitar que sus hijos tengan un teléfono antes de los 16 años. Y después, ejercer nuestro papel como madres, padres y educadores.
No pasa nada si se aburren. No pasa nada si se enfadan, si se impacientan. No pasa nada si tenemos que reñirles o ponerles límites. Nuestro trabajo no es entretenerles constantemente, sino educarles. Decirles que no, marcar hasta dónde, acompañarles en su desarrollo.
No nos van a querer menos. No vamos a ser peores padres, madres o profesores. Como adultos, es nuestra responsabilidad dejar de alimentarles con pantallas y vídeos infinitos y empezar a tomar las riendas de su educación. Porque se merecen lo mejor… y lo mejor no está en una pantalla.