Proyecto Río Tarafa: Cuatro Años Mirando al Río. 4ª Edición  |  17 de abril de 2026  |  IES Villa de Aspe

Un año más, el alumnado de 3º ESO del IES Villa de Aspe ha salido al campo para tomar el pulso a nuestro río Tarafa. Esta cuarta edición del proyecto de seguimiento ecológico, celebrada el 17 de abril de 2026, confirma que lo que comenzó como una iniciativa pionera se ha convertido ya en una verdadera tradición del centro: una cita anual con el río, con la ciencia y con la responsabilidad ambiental.

El proyecto, coordinado desde el Departamento de Biología y Geología y desarrollado en el marco de la asignaturas Proyecto Interdisciplinar y Biología y Geología, implica también a los departamentos de Física y Química, Geografía e Historia y Educación Plástica, Visual y Audiovisual.

Un invierno lluvioso que no se traducido en mayor caudal

La temporada 2025-2026 ha estado marcada meteorológicamente por un notable tren de borrascas atlánticas que afectó de forma sucesiva a la península ibérica durante los meses de noviembre a febrero, dejando precipitaciones acumuladas muy por encima de la media en buena parte del territorio. Sin embargo, y de forma llamativa, este volumen de lluvias no se ha visto reflejado en el caudal del río Tarafa, que en varios de sus tramos se encuentra en mínimos históricos dentro de la serie de datos del proyecto.

La comparación con ediciones anteriores resulta especialmente reveladora. En el curso 2022-2023 —otro año de precipitaciones generosas— el alumnado pudo medir caudales notablemente superiores, alimentados por diversas surgencias naturales en el entorno del Hondo de las Fuentes. Ese año incluso se registró la aparición de una nueva surgencia en el margen izquierdo del cauce, muy próxima al emblemático Acueducto de Perceval. Nada de ello se ha repetido en esta edición.

¿A qué puede deberse esta desconexión entre las precipitaciones y el caudal fluvial? La hipótesis más plausible apunta a una presión creciente sobre los acuíferos subterráneos conectados con las surgencias del Tarafa. El notable incremento de la superficie dedicada a cultivos de regadío intensivo —bajo la denominación de «agricultura de precisión»— en determinados parajes del término municipal de Aspe podría estar extrayendo agua subterránea a un ritmo que supera la capacidad de recarga de los acuíferos, incluso en años lluviosos. El río, en definitiva, podría estar pagando el precio de unas demandas hídricas que superan lo que el territorio puede ofrecer de forma sostenible.

El agua habla: parámetros físico-químicos

El Tarafa es, por naturaleza, un río muy mineralizado, con valores de conductividad eléctrica elevados que reflejan la composición geológica de su cuenca. Este es un rasgo estructural que se mantiene en todas las ediciones del proyecto. Sin embargo, los análisis de este curso han detectado algo más preocupante: los niveles de nitratos y fosfatos son sensiblemente más altos que en mediciones anteriores.

Este incremento en la concentración de nutrientes —un proceso que en ecología acuática denominamos eutrofización— constituye una señal de alerta. El aporte excesivo de estas sustancias, frecuentemente asociado a escorrentías agrícolas o a deficiencias en el saneamiento (que se confirma con la presencia de bacterias coliformes en nuestras determinaciones), puede desencadenar un círculo vicioso: favorece el crecimiento descontrolado de algas y microorganismos oportunistas, reduce el oxígeno disuelto y, en consecuencia, empobrece la comunidad de seres vivos que habitan el cauce.

La fauna invertebrada como espejo de la salud del río

Uno de los indicadores más sensibles y fiables del estado ecológico de un río es su comunidad de macroinvertebrados acuáticos. Estos pequeños organismos —larvas de insectos, crustáceos, moluscos, gusanos— reaccionan de forma muy distinta a las perturbaciones ambientales, y su diversidad o ausencia nos dice mucho sobre la calidad del agua.

En esta cuarta edición, el dato más significativo ha sido la ausencia de grupos especialmente sensibles que sí estuvieron presentes en el curso 2022-2023. No se han encontrado larvas de odonatos (libélulas y caballitos del diablo, orden Odonata) ni de efemerópteros (orden Ephemeroptera), cuya presencia en un cauce indica aguas bien oxigenadas y escasa contaminación orgánica. Su desaparición en los muestreos de este año es coherente con el deterioro observado en los parámetros físico-químicos.

Melanopsis: un molusco con mucho que contar

El organismo más abundante en los muestreos de este curso ha sido Melanopsis sp., un género de molusco gasterópodo de agua dulce perteneciente a la familia Melanopsidae, con una llamativa concha alargada, de tonos oscuros y superficie lisa, que puede alcanzar entre 1 y 3 centímetros de longitud. Su distribución en la cuenca mediterránea es amplia, y su presencia en el Tarafa se documenta desde las primeras ediciones del proyecto.

Desde el punto de vista ecológico, Melanopsis sp. es tolerante a condiciones de mineralización elevada y cierto grado de perturbación, lo que le permite prosperar en cursos de agua donde otros grupos más exigentes no sobreviven. Actúa como bioindicador de calidad moderada: su presencia nos habla de ausencia de contaminación orgánica severa, pero su dominio casi exclusivo —en detrimento de otros grupos más sensibles— indica un ecosistema bajo estrés. La reducción de su densidad poblacional respecto a ediciones anteriores, aunque menos acusada que la desaparición de otros taxones, merece un seguimiento cuidadoso.

Gammáridos y Dugastella valentina: los crustáceos del Tarafa

Entre los crustáceos, se ha confirmado nuevamente la presencia de gammáridos del género Echinogammarus, pequeños anfípodos de cuerpo comprimido lateralmente, entre 5 y 20 mm de longitud, que se desplazan ágilmente entre las piedras y el material vegetal del fondo. Son organismos detritívoros y fragmentadores, con un papel fundamental en la descomposición de la materia orgánica y en el ciclo de nutrientes del ecosistema fluvial. Su tolerancia a cierta mineralización los hace habituales en ríos mediterráneos, aunque son sensibles al exceso de contaminación orgánica.

Especialmente relevante resulta la detección de Dugastella valentina, un pequeño camarón de agua dulce endémico de las cuencas litorales valencianas y murcianas, incluido en el Catálogo Valenciano de Especies de Fauna Amenazadas. Su presencia en el Tarafa —documentada en varias de las ediciones del proyecto— es un dato de alto valor conservacionista: este pequeño crustáceo es un indicador de la continuidad ecológica del cauce y de la persistencia de hábitats de cierta calidad, lo que convierte cada avistamiento en una buena noticia que merece celebrarse y protegerse.

El fuego visita el entorno del Acueducto de Perceval

Pocas semanas antes de la jornada de campo, un incendio de superficie reducida afectó a un cañar en las inmediaciones del Acueducto de Perceval, en la franja de vegetación próxima a la carretera local que discurre paralela al cauce. El fuego, aparentemente originado por una negligencia humana, consumió parte de la densa masa de Arundo donax —la caña común— que coloniza los márgenes y el propio lecho del río en este tramo.

Paradójicamente, una de las consecuencias más visibles del incendio ha sido de carácter paisajístico: al reducirse la pantalla vegetal que lo ocultaba parcialmente, el Acueducto de Perceval se ha vuelto más presente y visible desde la vía de comunicación adyacente, recuperando protagonismo en el paisaje. Este elemento patrimonial, testigo de la historia del aprovechamiento hídrico de Aspe, emerge ahora con mayor claridad sobre el horizonte del cauce, lo que podría considerarse, en términos estrictamente visuales, un efecto colateral positivo.

Sin embargo, sería un error quedarse con esa lectura superficial. Desde el punto de vista ecológico, el incendio —aun siendo de extensión limitada— puede tener consecuencias que se prolongan más allá de lo visible. La destrucción de la cubierta vegetal de ribera implica la pérdida temporal de parte del bosque de galería, que aunque al tratarse de la caña reviste escaso valor florístico, sí presenta funciones esenciales: regula la temperatura del agua, aporta materia orgánica al cauce, estabiliza los márgenes y proporciona refugio y sustrato a la fauna. La combustión de biomasa genera además cenizas y compuestos nitrogenados que, arrastrados por las primeras lluvias, pueden incorporarse al cauce elevando la carga de nutrientes —agravando precisamente el proceso de eutrofización ya detectado— y aportando temporalmente sólidos en suspensión que deterioran la calidad del hábitat para los macroinvertebrados y los peces.

A más largo plazo, la recuperación del cañar es previsible, dada la enorme capacidad de rebrote de Arundo donax. No obstante, cabe preguntarse si este proceso de regeneración dará paso a una vegetación algo más diversa —con presencia de álamo o taray— o simplemente reproducirá el monocultivo de caña preexistente. El seguimiento de este tramo en próximas ediciones del proyecto permitirá responder a esa pregunta.

El episodio invita, en cualquier caso, a una reflexión más amplia. Los incendios en zonas de ribera son, en su inmensa mayoría, evitables. Una colilla, el roce de una herramienta contra la piedra o un fuego mal apagado junto a una vía de tráfico son suficientes para desencadenar en pocos minutos la destrucción de un ecosistema que ha tardado años en consolidarse. La proximidad del incendio a la carretera no es casual: las vías de comunicación son uno de los principales vectores de ignición en ecosistemas mediterráneos. Cuidar el entorno del Tarafa implica también cuidar nuestra actitud cuando transitamos por él.

Fauna vertebrada: peces y reptiles entre la corriente

Durante el muestreo se pudo observar la presencia de pequeños peces de tonalidad oscura en zonas de remanso, cuya captura no fue posible. Las características observadas apuntan con bastante probabilidad a gambusia (Gambusia holbrooki), un pez de la familia Poeciliidae originario de Norteamérica e introducido en la Península Ibérica durante el siglo XX como agente de control biológico del mosquito. Hoy es considerada una especie invasora: su agresividad competitiva desplaza a especies autóctonas, consume puestas de anfibios e insectos acuáticos nativos, y contribuye a simplificar la comunidad biológica de los ríos donde se establece. Su abundancia en el Tarafa es, pues, una señal de alerta más sobre el estado del ecosistema.

También se registró la presencia de culebra viperina (Natrix maura), uno de los reptiles más estrechamente ligados al medio acuático en la Península Ibérica. Esta serpiente no venenosa es una cazadora especializada en peces y anfibios, y su presencia en un cauce indica la existencia de presas suficientes y de una red trófica funcional. Actúa, además, como eslabón en la cadena alimentaria que conecta el ecosistema acuático con el terrestre. Verla en el Tarafa es, sin duda, una buena señal que contrasta con el panorama de deterioro descrito en otros indicadores.

Cuatro años mirando el mismo río, con distintos ojos

Lo que diferencia esta cuarta edición de las anteriores no es solo el volumen de datos acumulados —que crece año a año—, sino la profundidad de la mirada. El alumnado que participa hoy en el proyecto no sale al río por primera vez: sale a comparar, a contrastar, a preguntarse por qué el río es hoy diferente de cómo era en 2022, o en 2024. Esa capacidad de observar cambios en el tiempo es uno de los aprendizajes más valiosos que puede ofrecer un proyecto de estas características.

El seguimiento ecológico del río Tarafa se ha convertido en una de esas experiencias que dejan huella en el alumnado. Para muchos/as estudiantes de 3º ESO, la jornada en el río es la primera vez que utilizan instrumentos de medición en un entorno real, que identifican un invertebrado bajo la lupa, que comprenden que un dato científico tiene consecuencias sobre el territorio que habitan. Aprenden que la ciencia no ocurre solo en los laboratorios, sino también —y especialmente— en los ríos, en los campos, en los bosques y en los paisajes “cotidianos” que atraviesan cada día de camino al instituto.

Y lo que aprenden tiene un destinatario: el propio río. Cada medición, cada muestra, cada fotografía forma parte de un registro histórico de valor incalculable para la gestión ambiental del municipio. El IES Villa de Aspe no solo enseña ecología: la practica, la documenta y la pone al servicio de la comunidad.

¡Que no falte el caudal en el Tarafa… ni el compromiso de quienes lo cuidan!

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