Este fin de semana la fuerza del viento nos ha dejado una imagen que nos ha golpeado el corazón. La Borrasca Oriana, con ráfagas que han llegado cerca de los 100 km/h en Olocau, ha roto uno de los pinos más antiguos y emblemáticos del patio de arriba, a la zona de las pistas del polideportivo.
No era un árbol cualquiera. Era sombra en días de sol intenso, punto de encuentro, escenario de juegos y conversas, presencia constante en la vida cotidiana de la escuela. Uno de aquellos elementos que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestra historia compartida.
Ante lo que ha pasado, hemos querido parar, mirar y sentir. Junto con Marcel·lí, el maestro de música, hemos iniciado una pequeña situación de aprendizaje para rendirle homenaje y dar valor a todo aquello que este pino ha significado para nosotros. Hemos convertido la tristeza en expresión, el recuerdo en palabra y en música, y el silencio en un espacio para tomar conciencia.
Porque educar también es acompañar el que sentimos, aprender a estimar nuestro entorno y comprender que la natura forma parte de nuestra vida. Nuestro pino ha sufrido la fuerza del viento, pero sus raíces —las que son visibles y las que no— continúan presentes en la memoria y en el corazón de nuestra comunidad educativa.
A veces, los árboles nos enseñan más cuando caen que cuando están derechos. Y nosotros, como escuela, queremos aprender también de esto.

