Somos responsables de las decisiones que tomamos. No podemos buscar siempre culpables ni responsabilizar a los demás de lo que nos sucede: decidimos y afrontamos las consecuencias. A veces se gana; siempre se aprende. Y, sin embargo, quienes casi siempre pierden son los niños y las niñas de la escuela pública, la que sostenemos entre casi todos y a la que también acudimos casi todos.
Es posible que estos días de huelga hayan incomodado o molestado, pero el esfuerzo no está siendo en vano. Gracias a sus protestas, nuestros docentes están logrando que la mejora de la educación pública ocupe el centro del debate, y eso es esencial. No puede ser que haya recursos para tantas cosas y que la educación reciba solo lo que sobra.
Queremos que las escuelas se encarguen de todo: que enseñen lengua y matemáticas, pero también educación vial, afectivo-sexual, consumo responsable, cuidado del planeta, educación emocional, respeto a la diversidad, economía… Queremos que lo enseñen todo, pero con recursos básicos, con materiales de ocasión, los que venda el amigote de turno o los que marca la moda. Exigimos que el profesorado lo sepa todo, pero que se forme por su cuenta, en su tiempo y, a ser posible, sin apoyo.
Como en cualquier profesión, hay docentes muy malos, igual que hay malos abogados, profesionales de la salud o albañiles. Pero cuando pienses en un profesor o una profesora, no te quedes con aquel que te amargó un curso o con quien sentiste que te tenía manía. Piensa en quien te ayudó a ser quien eres, en quien se preocupó de verdad porque aprendieras, en quien te impulsó a crecer y se esforzó por demostrarte que podías.
Ese es el docente que se levanta cada día pensando en cómo mejorar su trabajo y que se acuesta pensando en su alumnado. Ese es el profesor por el que merece la pena luchar, el que merece respeto, apoyo y comprensión. Porque ese profesor, señoras y señores, es la inmensa mayoría.
