Ortografía, ¿por qué?

Hace algunos años, el más aclamado escritor del Realismo Mágico, Gabriel García Márquez, una leyenda literaria capaz de escribir de forma magistral Cien años de soledad, entre otras obras de gran prestigio nacional e internacional, lanzó una propuesta insólita:
«Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna; enterremos las haches rupestres; firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota; y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer la grima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver».
En aquel momento, él poco podía imagina el nuevo mundo que nos esperaba al otro lado de la esquina; en aquel momento, la sociedad estaba libre de redes sociales, aplicaciones virtuales y otras plataformas atractivas, y la mensajería instantánea no formaba parte inminente de nuestra vida cotidiana. La realidad ha cambiado a una velocidad vertiginosa, y lo ha hecho con el misma velocidad que nuestras palabras han ido enfermando de esa tendencia absurda de acortar, sustituir o alterar el patrimonio léxico de nuestra lengua.
Simplemente, porque es nuestro patrimonio y porque es la mejor carta de presentación.


