Filosofía de la paternidad, una causa capital.

Filosofía
21 de marzo de 2025

Con este título apelo a un libro que no he encontrado y que tal vez merecería ser escrito. Y digo bien, no he encontrado, lo que no significa que no lo haya, porque no he tenido tiempo de buscarlo detenidamente. Como filosofía de la paternidad en Google Académico solo me aparece una especie de guía o «manual» para padres cristianos. En inglés sí aparece un libro de antropología comparada editado por Michael Lamb, en Utah, en 1987. He revisado el índice del libro, y recorre la paternidad en Norteamérica, Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia, para luego pasar a otros países. Así que estamos huérfanos de referencias en estas tierras. Una lástima. También he visto algún artículo por ahí que, a pesar de titularse «Filosofía de la paternidad», trata sobre Infancias filosóficas, es decir, sobre el estadio previo a aquello que debiera ser la sustancia del tema, escrito por Brian Elliott, al que no conozco. Aparece alguna referencia afortunada a la concepción de Stanley Cavell de la Filosofía como «educación para adultos».

Y sin embargo, tengo la impresión de que es un tema de máximo interés filosófico, de la máxima importancia, sobre el que sin embargo no he escuchado más que cosas por otro lado aberrantes, como el caso de Rousseau y alguno más. Pero me voy a detener en uno, que tal vez muestre el porqué lo considero una «causa capital». Y es el caso de Sócrates, como no podría ser de otro modo. Hay un momento en la Apología de Jenofonte (es inevitable recordar aquel momento en que Leo Strauss habla de que se produjo un «oscurecimiento», entre otros, de Jenofonte…) en que Meleto reprocha a Sócrates el haber persuadido a algunos «para que te hicieran más caso a ti que a sus padres». A lo que responde Sócrates:

«Lo admito», dijo Sócrates; «al menos en lo que atañe a su educación, pues saben que me he dedicado a ello. Pero, en cuestión de salud, las personas confían más en los médicos que en sus padres, y en las asambleas, indudablemente, todos los atenienses confían más en quienes dicen cosas sensatas que en sus parientes. Y, por cierto, ¿no elegís también como estrategos antes que a vuestros padres y a vuestros hermanos, incluso antes que a vosotros mismos, ¡por Zeus!, a quienes consideráis los más entendidos en asuntos militares?». «En efecto, Sócrates», dijo Meleto, así conviene y así es la costumbre». «Pues entonces», le dijo Sócrates, «¿no te parece sorprendente que los más capacitados en otras actividades no sólo obtengan igual participación sino que incluso reciban honores preferentes, y yo, en cambio, por el hecho de que en el mayor bien para los hombres, en la educación, esté reconocido por algunos como el mejor, por eso sea incriminado por ti en una causa capital?».

En Apología. Banquete. Recuerdos de Sócrates. Alianza, 2009. Traducción de José Antonio Caballero López. El fragmento pertenece a Apología, 20.

No cabe duda, es bien conocido, de que Sócrates es acusado de perversión a la juventud, y el motivo principal es porque aleja a los hijos de «buen» juicio de los padres. No es la primera mención en este sentido. En las nubes, como recuerda José Antonio Caballero, es un hijo el que se siente tragicómicamente atraído hacia Sócrates. Esta desviación era entendida como perversión, sin duda, por sus opositores. Sin embargo, cuando ya es condenado, Sócrates hace una reflexión final que vale la pena escuchar con detenimiento (a Sócrates no se le puede leer, a Sócrates se le escucha, por eso quien repudia los diálogos de Platón porque no es una texto continuo, porque no es un tratado o un ensayo, no parece entender el medio donde se produce la filosofía platónica, pero en fin, tantas injurias todavía hay que escuchar hoy sobre el divino filósofo…):

Es preciso que también vosotros, jueces, estéis llenos de esperanza con respecto a la muerte y tengáis en el ánimo esta sola verdad, que no existe mal alguno para el hombre bueno, ni cuando vive ni después de muerto, y que los dioses no se desentienden de sus dificultades. Tampoco lo que ahora me ha sucedido ha sido por casualidad, sino que tengo la evidencia de que ya era mejor para mí morir y librarme de trabajos. Por esta razón, en ningún momento la señal divina me ha detenido y, por eso, no me irrito mucho con los que me han condenado ni con los acusadores. No obstante, ellos no me condenaron ni acusaron con esta idea, sino creyendo que me hacían daño. Es justo que se haga este reproche. Sin embargo, les pido una sola cosa. Cuando mis hijos sean mayores, atenienses, castigadlos causándoles las mismas molestias que yo a vosotros, si os parece que se preocupan del dinero o de otra cosa cualquiera antes que de la virtud, y si creen que son algo sin serlo, reprochadles, como yo a vosotros, que no se preocupan de lo que es necesario y que creen ser algo sin ser dignos de nada. Si hacéis esto, mis hijos y yo habremos recibido un justo pago de vosotros. Pero es ya hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos, excepto para el dios.

Es la traducción de Gredos del final de la Apología de Sócrates de Platón. No tengo claro quién es el traductor.

Sócrates delega en los jueces la continuidad de su educación a sus todavía jóvenes hijos. He ahí lo capital. En todo momento quiere quitar carácter trágico a su causa. Hace bromas y trata de rebajar el trago con buenas formas y presagios (se ve mejor en la versión de Jenofonte).

La educación de los hijos es la gran tarea filosófica, la única que importa, por supuesto, pero sin duda la más difícil, la más ardua y compleja. Quizá por ello Rousseau, un educador del mundo, sintió una dificultad plúmbea ante ese reto, y prefirió no afrontarlo. No pudo esperar a que fueran mayores, adultos, como dice Cavell (ni hablar de aquél proyecto de Lipman aquí).

Un amigo me dio un consejo cuando nació mi primer hijo. Me dijo que nunca, nunca (lo repitió dos veces, ya se sabe que en esos casos la repetición es crucial), hiciera caso a ningún consejo. Valgan estas palabras como homenaje a otro amigo que se incorpora al mundo de la paternidad.

En lugar de consejos, por casualidad, con esa magia que Auster llamaba «música del azar», encontré ayer otra voz que decía:

LXI
EL YO

El poema
es una disciplina.
Lo que necesitas
para moderarte
es lo que tienes:

tus hijos.

Deja
que los niños
te enseñen

la flor del albérchigo,
la cabellera
de ensortijados rizos
que se enraciman enternecedores
en las sienes,
sus ojos,
sus sonrosadas mejillas,
el poema
ahí en bruto
en delicada ofrenda
ante ti.

Williams Carlos Williams, Cien poemas. Visor. Traducción de Matilde Horne y Carlos Manzano. 2019

No es un filósofo, sino un poeta, uno muy especial. Tendrá que valer, puede que sea incluso mejor que lo que pueda decir la propia filosofía. Un hijo, es como una delicada ofrenda ante ti, una disciplina que ha de ser enseñada, para moderarte. ¡Enhorabuena!

La fotografía es de Polina Tankilevitch.

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