El mundo sensible como espectáculo.
Todo el mundo ha llegado a escuchar algo sobre el eclipse que se aproximaba. Ha abierto los diarios y ha movilizado a masas de personas hacia los lugares privilegiados desde donde contemplar el fenómeno del modo más perfecto, con atención a los porcentajes de ocultamiento que, en el caso del norte de Valencia, rondaron el 100%.
¿Qué es lo que la gente ha buscado con este eclipse? Puede que simplemente una experiencia más, en esa secuencia progresiva que constituye la vida de la población semiacomodada del primer mundo.
No vamos a negar la singularidad del fenómeno, pero desde una perspectiva filosófica (que tiende naturalmente a buscar la falsedad en todas sus formas), cabe preguntarse qué es realmente lo que se ha visto, si es que, emulando a Baudrillard, el eclipse ha llegado a existir. Digamos que ha existido en su representación especular y espectacular.
Un eclipse es fruto de unas “apariencias” que los astrónomos explican en virtud de teorías físicas de gran complejidad matemática. El eclipse, para ellos, es un resultado esperable de los bólidos que se desplazan a velocidades fantásticas por ese mundo que también llaman “universo”.
Sin embargo, dadas por sentadas esas fórmulas, para los ignaros de semejantes teorías que desbordan los conocimientos medios de la población, el eclipse se podría sintetizar en estas palabras: “el sol se tapó”, “el cielo se oscureció” o “se hizo de noche”.
He escuchado que la ministra de cultura planteaba que de este evento saldrán futuras vocaciones de científicas y científicos. Otra gente apela al evento como algo conmovedor o incluso religioso. Y es que, una vez desprendidos de la religión mayoritariamente, el encantamiento del mundo no ha desaparecido, al menos como Weber preveía, sino a lo sumo se ha disfrazado con otros ropajes teológico-naturales: los eclipses, los nacimientos, las cataratas, los tardígrados representan ahora nuevos númenes pero siempre medidos por su representación especular en forma de fotografías, reels, hashtags y demás parafernalia propia de las social media que ahora componen una parte fundamental de la existencia. En todos los establecimientos comienza a extenderse la necesidad de hacer una valoración del servicio personal de los trabajadores, hay un auténtico esfuerzo por hacer de Black Mirror la imagen del mundo (la imago mundi), junto con la necesidad de hacer más series, pódcast y “productos” que, cuan mapa del mundo ya a escala 1:1, como en el cuento de Borges, se desborden los límites proporcionales de comprensión de aquello que debería ser descrito o comprendido y ahora es solo representado. He ahí ejemplos de númenes de segundo orden que conforman hoy las pseudorreligiones y mitos contemporáneos.
Platón, hace unos dos mil trescientos años, escribió sobre cómo las experiencias varían dependiendo de los conocimientos que los sujetos dispongan. La conexión entre epistemología y ontología en Platón constituye un genial ejemplo de teoría filosófica: esas divisiones que se plantea en el símil de la línea, que antes constituía uno de los conocimientos básicos de todo estudiante de bachillerato y que ahora se ve amenazado por la extinción en la inanidad, constituyen un isomorfismo que tal vez nos permita comprender todavía nuestra tendencia a la mitificación cavernaria, nuestro gusto por permanecer en el interior de las cuevas, de los hogareños espacios, no lo olvidemos, acompañados por fuegos y figuras fetichizadas que deambulan a nuestras espaldas.
Podríamos distinguir a los espectadores del eclipse como los representantes de la eikasia, ansiosos de depredar el espectáculo astronómico del siglo, de vislumbrar los praeternaturales acontecimientos místicos que conforman el núcleo de sentido de la realidad, del mundo en tanto que apariencia. Los organizadores, difusores, vendedores y especuladores de la apariencia carecen de ningún interés teorético en el eclipse: buscan su explotación económica, dado que todo ha devenido mercancía, todos los infinitos fetiches que transcurren a la espalda de los esclavos que solo consumen sus reflejos y sombras, bellas y brillantes (gracias a las luces LED y al confeti digital). Los astrónomos representan esa difusa dianoia que implica el acceso al campo genuino del saber a juicio de Platón: las matemáticas. Que el cosmos no siga las rígidas, perfectas y divinas figuras geométricas constituye una afrenta a la razón que hay que salvar a cualquier precio. Hoy en día, la cosmología ha devenido ciencia suprema, la que aproxima al ser humano a lo Metafísico (aunque eso es más bien una constante histórica, por cierto), la que desvela la estructura íntima del mundo. Por último, la escala de las Ideas, la propia de la dialéctica, donde se ejercita el conocimiento filosófico más “genuino”. ¿Qué papel corresponde a los buscadores del Sol en este Eclipse? Se da aquí una bella contradicción entre el fenómeno y la metáfora, entre una apariencia que ha colmado las expectativas de muchos, la indiferencia de algunos y la paciencia de pocos. El Eclipse es solo un ejemplo de esta espectacularización del mundo, de este pliegue barroco que constituye ya una forma de ser en la que el seudoprimer mundo vive instalado y del que parece que nadie se quiere desprender. Solo uno se libra de las cadenas en la cueva paleolítica e inicia el arduo ascenso hacia el exterior. Cuando ese hombre consigue subir, mira allí arriba y se encuentra con que el Sol ha comenzado a oscurecerse, hasta que se cierne una noche tan profunda que piensa que todavía se encuentra en el interior de la caverna, solo que ahora tan lejos del fuego interior que le resulta imposible discernir dónde se encuentra.
He aquí la situación del filósofo, quizá, actualmente. Porque este tampoco se puede librar de la espectacularización luminosa del mundo sensible. Lo inteligible se ha tornado de aquella oscuridad hegeliana en que todas las vacas eran negras. Porque no hay nada tan arduo y difícil, como ya sabía Platón, que escapar de la caverna, en esta era donde la polis domina la naturaleza y sus esencias, donde la totalidad de las cosas parece resultado de un contrato arbitrario y donde la regularidad inteligible de las estrellas parece opacada por toda la plétora de satélites, naturales o artificiales, que obstaculizan la inteligibilidad del mundo.

