Baumgartner, de Paul Auster

Este libro de Auster representa la evolución vital de las temáticas y obsesiones del autor al alcanzar la vejez.
Reaparecen los tropos habituales del escritor aunque ya tamizados y filtrados por la indefectible senectud que con un poco de suerte, –ese alquimista ontológico, el único Dios para el neoyorquino–, que por azar, decía, nos alcanzará a todos.
El protagonista mantiene una larga relación cuyos hitos fundamentales se nos describen en la obra con una mujer, Anna, traductora y poetisa. Pertenece a esa categoría de poetas que por discreción prudencia o temor o quizá por sentido de responsabilidad y pudor no han llegado a publicar sus obras. Acaso estos sean los mejores, en un mundo donde la hiperproducción ha aplanado todo fenómeno antropológico a la escala del mero datum sin profundidad.
Después de que el protagonista lleve a cabo una pequeña selección de sus poemas una estudiante de una universidad perdida, Michigan quizá, pide acceder a los archivos de la mujer de Baumgartner para llevar a cabo una tesis doctoral sobre su obra.
Baumgartner siente así que se realiza en cierto modo una especie de destino justo para con su mujer y con el mismo una especie de cumplimiento de ahora en la perfecta relojería del universo. Es esta una característica especialmente notoria de la obra de Auster. Con independencia de los vaivenes y trágicos acontecimientos que ineluctablemente acosan a sus personajes, la elaboración de esa realidad parece destilada de un sistema de precisas sincronicidades.
Entre tanto Baumgartner hace memoria y en este ejercicio se desenvuelve gran parte, si no la totalidad en cierto modo, del libro.
Auster incorpora pequeños fragmentos de Anna en los que muestra su infancia y los momentos clave de su juventud. Esos momentos fundacionales que construyen los nodos fundamentales de la personalidad de los personajes, esos momentos vitales que son, por decirlo así, los propios y sustanciales de una «vida novelada».
La magia de Auster reside en combinar dichos aspectos con otros mucho más mundanos, como la reforma de una casa, la caída en unas escaleras y otros, en realidad muy próximos a estos, pero de mucha mayor intensidad y profundidad ontológicas, como un pequeño accidente de tráfico en una carretera perdida.
Digamos que así es como se va construyendo la existencia de los personajes y, por supuesto de nosotros mismos; aunque en nuestro caso, siempre de forma mucho más imperfecta, (pues los relojes que nos constituyen nunca tienen la perfección metafísica como la que Remedios Varo y el señor Auster representan en sus obras).
Y como en todas sus novelas, el componente de realidad y de ficción se entremezclan de forma prodigiosa.
En este caso se sigue a una familia Auster a sus orígenes en Ucrania. La novela está publicada en el año 2017. Hay una especie de premonitoria descripción, por lo demás trágica, sobre el viaje del protagonista a este país encerrado, como dice el autor, entre dos mataderos de la historia y al que le ha tocado ahora sufrir una insostenible situación cuyo destino resulta, a día de hoy, absolutamente incierto.
Auster es muy consciente del tipo de gobierno que hay en su país, del grado de irresponsabilidad fundamentalista que ejerce el gobierno de la mayor nación del mundo. Sus planteamientos políticos se han mantenido constantes a lo largo del tiempo y siempre parecen envueltos de un grado de utopía irrealizable que lo hacen enternecedor, pero al mismo tiempo el que genera en esa sensación revela el trágico estado en que se encuentra nuestra realidad.
Su padre coloca sobre la mesa la botella y el vaso, que vuelve a llenar, se lo bebe, saca un pequeño montón de papel en blanco del cajón superior a su izquierda, quita el capuchón de la estilográfica y empieza su carta a Seymour Tecumseh Baumgartner en el primer día de su vida. En ella habla de sus esperanzas de construir un mundo mejor, un mundo más justo, de vivir en una sociedad de iguales regida no por la ley de la selva (capitalismo) ni por la ley de las máquinas (marxismo), sino por la ley natural del proceso y crecimiento orgánicos que conduciría a un nuevo contrato social llamado comunitarismo democrático.
El hecho de que el profesor Baumgartner sea especialista en Filosofía proporciona un toque cálido inevitable. Tiene un efecto hogareño por decirlo así, en un libro donde la descripción de la casa del protagonista ocupa un papel significativo. Ni que decir tiene que esta noción fundamental de «habitar» resuena (post)metafísicamente en un escritor donde siempre se ha planteado la tensión entre la necesidad de habitar el mundo y la imposibilidad de hallar un mínimo amparo en él.
Ana sufre un accidente que deja solo al protagonista. Sus intentos de conseguir convivir con la misma profundidad con otra persona son infructuosos y recorremos esta, vamos a decir, pequeña decepció a lo largo de las páginas del libro.
Por ello la irrupción de la estudiante, Bebe, constituye para el protagonista algo así como la última oportunidad de recuperar aquella calidez perdida con su mujer muerta.
Por supuesto nunca llegamos a saber el desenlace de esta relación en ciernes. Un final abierto e indeterminado conduce a esa austeriana sensación, que solo este autor es capaz de provocar, entre la angustia y la ternura. Qué ocurre con el entrañable Baumgartner es algo que solo nuestra imaginación puede resolver.
Nuestro filósofo habla sobre algunas de sus obras pero en particular se detiene sobre una de ellas que se mueve entre lo metafórico y lo jocoso y lo filosófico: los coches como expresión de la vida a partir de una reflexión de Aristóteles más que dudosa. Sin embargo Auster aprovecha la anécdota para construir una metáfora literaria que ha utilizado de forma abundante en su obra, como es la del conductor que recorre esa aparentemente infinita amplitud del territorio americano, ese espacio de libertad total sólo sometida a los vaivenes de una fortuna que, por mucho que nos movamos, nunca se puede dejar atrás:
Sin embargo, durante años llevaría en la cabeza esas extrañas imágenes, millones y millones de cuerpo-almas conduciendo sus respectivos coches por inmensas carreteras y autopistas interconectadas, cada hombre y mujer al volante, una mónada de tamaño humano encerrada dentro del caparazón metálico de un coche semejante a un insecto, cada persona de la multitudinaria horda sola en medio del tráfico incesante y con frecuencia peligroso, mientras el cuerpo detrás del volante, que también es mente, alma o intelecto, es el encargado de tomar centenares de pequeñas y grandes decisiones para pilotar el coche sano y salvo hasta su destino. Hay que evitar giros erróneos, baches y objetos caídos que estorben en la carretera y nunca, bajo ninguna circunstancia, correr riesgos impulsivos que puedan derivar en colisión con otro vehículo. Los choques pueden resultar fatídicos, al fin y al cabo, y una vez que te mueres, estás muerto para el resto de la eternidad.
Como si de una premonición se tratase Baumgartner ha de afrontar esa situación al igual que Bebe hacia el final de la obra, de forma y consecuencias diferentes según creo. Y es que esa circunstancia trascendental de la vida como un viaje es algo de lo que no nadie puede desprenderse. Pues todos, al fin y al cabo, hemos de viajar, antes o después, hacia la tumba.
