La desaparición de la conciencia o el bien como enemigo de lo mejor.
Puede que una de las palabras más próximas a eso que se denomina filosofía sea esta del «pensamiento». Desde el Cogito cartesiano se ha establecido que una de las cualidades propias del ser humano es pensar. Sin embargo, solemos dar por asumidos los conceptos, especialmente los filosóficos, (las «ideas»), como si no estuvieran sujetos a su propia historicidad y desarrollo. No hace falta ser Rorty, aunque es él quien lo refleja en su célebre texto de La filosofía y el espejo de la naturaleza para descubrir esta condición histórica.
Casi desde el mismo momento en que comencé a estudiar filosofía me impresionó la forma en que los problemas filosóficos aparecían o cambiaban de forma, como consecuencia de la adopción de nuevas
R. Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, Prefacio.
suposiciones o vocabularios…aprendí a considerar la historia de la filosofía como una serie, no de soluciones alternativas a los mismos problemas sino de conjuntos de problemas muy diferentes.
De hecho, puede que su versión del asunto sea la peor, en comparación con otras mejor informadas (como la de Blumenberg) o mejor concebidas (como la de Koselleck).
Pero el mérito de Rorty está en hacer reflexionar sobre esa conexión entre pensamiento, razón y conciencia tan propia de la modernidad y en plantearse la posibilidad de subvertir esa armonía hacia una concepción que desemboca en un pragmatismo ontológico, un relativismo gnoseológico y un liberalismo político dentro de un marco de pensamiento (propio de la filosofía del lenguaje) marcadamente antifilosófico, aunque no absolutamente1. Siempre me ha llamado la atención esa reflexión de Rorty acerca de «La prioridad de la democracia sobre la filosofía» (En Objetividad, relativismo y verdad, pág. 239 y siguientes), así como en general esa herencia del análisis del lenguaje que intenta disolver los problemas como, en el fondo, todo enfoque historicista pretende hacer. Y en este sentido creo que no hay mejor respuesta que la de Leo Strauss. Pero no es ese el tema ahora.
Rorty se incorpora a esa corriente que pretende una disolución del pensamiento a través de la crítica antifilosófica o antimoderna tan propia del siglo XX. Esa disolución insinúa su límite en su trabazón intrínseca con la filosofía como institución:
Únicamente la idea de que la filosofía debe proporcionar una matriz permanente de categorías en que se pueda encajar sin violencia todo posible descubrimiento empírico y desarrollo cultural nos mueve a hacernos preguntas sin respuesta como “¿Significaría esto que no había mentes?”
R. Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, Materialismo sin identidad mente-cuerpo.
No obstante, lo extraordinario del asunto es cómo de verdad se está produciendo esa disolución del sujeto moderno al que tantas palas de tierra2 han arrojado los posmodernos más o menos pragmatistas. En La desaparición de los rituales, de Byung-Chul Han refleja muy bien una situación que se nos aproxima de un modo que ni Rorty ni Foucault podían haber imaginado:
Hoy se está produciendo de forma silenciosa un nuevo cambio de paradigma. El giro antropológico copernicano, que había elevado al hombre a productor autónomo del saber, es reemplazado por un giro dataísta. El hombre debe regirse por datos. Abdica como productor de saber y entrega su soberanía a los datos. El dataísmo pone fin al idealismo y al humanismo de la Ilustración. El hombre ha dejado de ser sujeto cognoscente soberano, autor del saber. Ahora el saber es producido maquinalmente. La producción de saber impulsada por datos se hace sin sujeto humano ni conciencia. Enormes cantidades de datos desbancan al hombre de su puesto central como productor de saber. Él mismo se ha atrofiado reduciéndose a un conjunto de datos, a una magnitud calculable y manejable.
Byung-Chul Han, La desaparición de los rituales, «Del mito al dataísmo».
El saber que produce el big data o los grandes volúmenes de datos es inasequible a nuestra comprensión. La capacidad de comprensión de las facultades cognoscitivas humanas es demasiado pequeña. Los procesadores son más rápidos que el hombre justamente porque no piensan ni comprenden, sino que se limitan a calcular. Los dataístas afirmarían que el hombre inventó el pensamiento porque no puede calcular con bastante rapidez, y que al final el pensamiento habrá sido solo un breve episodio.
Es decir, es la tecnología moderna la que puede conseguir una disolución del pensamiento de una forma de subjetividad que no se puede identificar con «la condición humana» por utilizar la expresión de Arendt. Es muy significativo este comentario de pasada que hace Gustavo Bueno en una conferencia acerca de la noción de relación.
La transcribo en texto (por cierto, gracias a una IA que he utilizado, pero de cuyo nombre no quiero acordarme):
Yo decía al principio que es una condición del mundo que ha de ser muy tardía siempre, hablar del primitivo como filósofo «del libro» [sic.] de Rodin eso es totalmente gratuito. El hombre tal, por ejemplo, como prototipo, no se le puede atribuir el menor pensamiento, ninguno ¿verdad? tantas veces se dice: a lo mejor está el hombre en sentado en el fuego ¿que estará pensando? Pues en nada, nada, solamente nada, porque ya va a pensar nada… Está viendo el fuego o viendo a ver si se escapa por un lado o si ve una culebra como pasa, ya tiene bastante […]
Es una cosa histórica lo que llamamos pensamiento hoy día… Por ejemplo pensar en la serie de los logaritmos es una cosa de hace 20, 30, 40 siglos a lo sumo. Bueno, ya exagero, ¿verdad? de hace muy poco tiempo. Y los primeros pensamientos históricos, también los primeros pensamientos coherentes históricos, por las documentaciones que tenemos, son los pensamientos del monismo el monismo de los presocráticos por lo menos en nuestra tradición occidental […]. El primer pensamiento organizado que tenemos noticia es el pensamiento del monismo absoluto que llega su límite con con Parménides; el ser es único uno solo, inmóvil, eterno, finito, redondo. Es una esfera continua continua, no es discontinua… lo ente toca con lo ente.
Gustavo Bueno: filosofía de las relaciones: minuto 70 y ss3.
Cuando uno observa las formas de pensamiento contemporáneas no puede sino constatar una reducción de «profundidad», de esa «interioridad» tan propia de lo que se ha venido entendiendo tradicionalmente como subjetividad. Aquella sobre la que ya Spinoza lanzaba pestes, curiosamente, en un texto célebre por otra razón y donde esta trituración parece pasar algo desapercibida:
En 2/17e he explicado en qué sentido el error consiste en la privación de conocimiento; pero, para una más plena explicación de este tema, pondré el ejemplo siguiente. Los hombres se equivocan, en cuanto que piensan que son libres; y esta opinión sólo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados- Su idea de la libertad es, pues, ésta: que no conocen causa alguna de sus acciones. Porque eso que dicen, de que las acciones humanas dependen de la voluntad, son palabras de las que no tienen idea alguna. Pues qué sea la voluntad y cómo mueva al cuerpo, todos lo ignoran; quienes presumen de otra cosa e imaginan sedes y habitáculos del alma, suelen provocar la risa o la náusea.
B. Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, II, proposición XXXV. (Negrita mía).
Ni que decir tiene que Nietzsche y muchos otros han seguido en la estela de esta crítica. No obstante, recuerdo aquella espléndida exposición de Joaquín Xirau, un autor que parece olvidado, por lo que vale la pena citar in extenso:
El hombre greco-romano logra establecer sobre un mundo confuso, dominado por lazos misteriosos e influjos recónditos, el reino de la objetividad y la razón. Mediante la claridad de la palabra impone condiciones a la realidad. Es preciso que cada cosa sea lo que es y delimite claramente su esencia inmutable. Mediante la división y la definición cada ser acota su cerco y destaca su perfil. Las cosas se precisan por su mutua y recíproca delimitación. Números, volúmenes, planos, líneas, formas e ideas, deslindan las realidades, las separan y distinguen. Distinguirse, empero, separarse, situarse una cosa frente a otra, es la esencia de la exterioridad. Un mundo objetivo es, por definición, un mundo «exterior». El espacio, la geometría, el número, la medida, convierten el mundo en un ámbito externo en el cual se levantan las cosas. Frente a este mundo vive el hombre como una cosa más, separado, definido, delimitado. Es la más noble de las cosas, las más alta de las formas, una escultura dinámica y radiante. Frente al mundo tiene simplemente la virtud de reflejarlo. A esto se reduce la función de la conciencia. El mundo se inscribe en ella como las letras en la limpia tabla de cera. Lo palpa como una mano. Lo refleja como un espejo. De ahí la preeminencia de la función especulativa. El más alto ejercicio de la vida humana consiste en especular —espejar—, recoger con pulcritud las formas y las ideas que definen las cosas y determinar con precisión su perfil y su melodía.
Con el cristianismo penetra en el ámbito de la cultura europea una dimensión de la realidad antes ausente. Frente a la objetividad de las cosas, se revela y se afirma la fuerza creadora del espíritu, la realidad viva y palpitante de la vida interior. La mirada normal, dirigida directamente sobre las cosas, se quiebra de pronto, se dirige sobre sí misma y en la propia intimidad halla un nuevo reino henchido de riquezas insospechadas.
Entre el mundo de las cosas y lo profundo de mi centro personal se interpone el caudal de sensaciones, sentimientos, ideas, afanes, impulsos, anhelos, angustias y esperanzas, resoluciones y perplejidades… que constituye el recinto profundo y misterioso de mi intimidad. El ámbito del espíritu, con sus galerías oscuras y sus recámaras luminosas, provecta su temblor sobre la faz del mundo. La vieja arquitectura geométrica vacila, las aristas se ondulan, se sobreponen y esponjan los planos, pierden los volúmenes corporales su gravedad estática. Todo se penetra y se organiza en un dinamismo viviente. Las cualidades y los números, las formas y las ideas se convierten en término de la actividad espiritual. El calor del espíritu funde sus perfiles escultóricos como el fuego las formas materiales. Cera o hierro, las cosas del mundo pierden su consistencia propia y pasan a ser materia maleable de la actividad espiritual. La realidad tiende a convertirse en «objetividad» —proyección— en el sentido literal de la etimología latina. El espíritu proyecta frente a sí la claridad luminosa de las ideas y crea un mundo, la objetividad es creación de la subjetividad
Joaquín Xirau, Amor y mundo, en Obras Completas I, Escritos fundamentales, págs. 149-150. (Negrita mía).
Xirau vincula directamente este proyecto al Humanismo. ¿Podemos prescindir del humanismo? He ahí la pregunta fundamental. El posthumanismo está llegando a toda velocidad, más rápido de lo que Fernando Arrabal podía siquiera imaginar. Las conciencias menguan el profundidad, acosadas por el infinito caudal de la información. No obstante, todavía no ha obturado por completo el mínimo de humanidad que evite la uccidibilitá de la que hablaba Agamben. La amenaza está ahí, la proliferación de la información, el uso indiscriminado de la IA (¿y con qué criterio se discrimina?), las consecuencias de su consumo en todos los órdenes, etcétera.
Nietzsche, —siempre Nietzsche—, decía:
Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿Acaso el aparente?… ¡No !, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente !
(Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA [comienza Zaratustra]).
Crepúsculo de los ídolos, Alianza, Madrid 1973, p. 51-52
Eliminada la realidad tras el hiperrealismo informacional, la humanidad alcanza su «culminación», y aquél Zaratustra de Nietzsche se alza ahora como una nueva posibilidad. Sin embargo, hay que pensar si no será acaso muy alargada la sombra del superhombre, y algo temible e inhumano. En cualquier caso, ya no es algo que podamos detener. La historia ha escapado a nuestro control, si es que alguna vez ha estado a nuestro alcance. Puede que lleguemos a ver el final del ser humano como tal, la desaparición de la filosofía y del pensamiento, pero no de esa información infinita e ilimitada en la que «los datos tocan con los datos». No como habíamos pensado, sin duda, pero esa amenaza está ahí. Termino con unas palabras de Aubenque que valen bien la pena recordar:
El mundo hoy redescubre lo que los griegos sospechaban hace más de dos mil años: que los «grandes nombres» provocan «grandes desgracias»»; que el hombre, esa cosa «extraña» entre todas las cosas, no es lo que debe ser superado sino preservado y, antes que nada, en contra de sí mismo; que el superhombre es lo que más se parece a lo más inhumano; que el bien puede ser el enemigo de lo mejor; que lo racional no siempre es razonable y que la tentación de lo absoluto, que llamaban ὕβρις, es la fuente siempre renaciente de la desgracia del hombre. La prudencia era quizá una «tonta virtud» para un siglo que no creía cumplir con la vocación del hombre si no era sobrepasando sus límites y que pretendía, sin más espera, realizar el Reino de Dios sobre la Tierra. Pero nosotros redescubrimos hoy que el mundo es contingente y el futuro incierto, que la inteligibilidad no es de este mundo y que, si adviniera, sólo sería bajo la forma de sustitutos y a la medida de nuestros esfuerzos. La prudencia no es una virtud heroica si por esto entendemos una virtud sobrehumana; pero a veces se necesita coraje, aunque no sea más que el del buen juicio, para preferir el «bien del hombre» que es el objeto propio de la prudencia antes que aquello que nosotros creemos que es el Bien en sí. Tal vez, por último, esta virtud todavía tenga su oportunidad en un tiempo que, agotado de prestigios contrarios pero cómplices del «héroe» y del «alma bella», busque un nuevo arte de vivir del que sean expulsadas todas las formas, incluso las más sutiles, de la desmesura y del desprecio».
Pierre Aubenque, La prudencia en Aristóteles, Prólogo. (Negrita mía).
Yo veo en las tesis de Aubenque, en Xirau y en tantos otros, cada vez menos, una reivindicación por el ser humano, esa carcasa vacía, que parece pasada de moda, intempestiva o nostálgica, no sé, pero relevante y con la que reconozco una proximidad de la que encuentro difícil desprenderme, aunque «provoque risa o náusea». ¿Serán los datos la sepultura del hombre? Será el teléfono móvil y las imbecilidades de TikTok los responsables de que se extinga esa frágil llama que un titán nos trajo desde la morada de los dioses. Ni Fernando Arrabal podría haberlo pensado mejor.
Fotografía de Andre Mouton.
- Valgan las últimas palabras de Rorty en «la historiografia de la filosofía cuatro géneros», en La filosofía en la historia (Barcelona: Paidos, 1990):
«Como buen materialista y nominalista, obviamente simpatizo con esa línea de pensamiento. Pero como aficionado a la Geistesgeschichte quisiera resistirme a ella. Soy enteramente partidario de desembarazarse de cánones que se han vuelto meramente anticuados, pero no creo que podamos pasarla sin cánones. Ello se debe a que no podemos pasarla sin héroes. Necesitamos de las cimas de las montañas para elevar la mirada hacia ellas. Necesitamos contarnos a nosotros mismos detalladas historias acerca de los poderosos muertos para hacer que nuestras esperanzas de sobrepasarlos se concreten. Necesitamos también la idea de que existe algo tal como «filosofía» en el sentido honorífico del término, la idea de que hay si tuviéramos el talento de plantearlas ciertas cuestiones que todos los hombres deben de haberse formulado siempre. No podemos renunciar a esa idea sin renunciar a la noción de que los intelectuales de las épocas anteriores de la historia europea forman una comunidad, una comunidad de la que es bueno ser miembro. Si hemos de persistir en esta imagen de nosotros mismos, tenemos que sostener conversaciones imaginarias con los muertos, y, asimismo, la convicción de que hemos visto más que ellos. Ello quiere decir que necesitamos de la Geistesgeschichte, de conversaciones autojustificatorias. La alternativa es el intento que Foucault una vez anunció, pero al cual, espero, ha renunciado: el intento de no tener rostro, de trascender la comunidad de los intelectuales europeos fingiendo una anonimidad sin contexto, como esos personajes de Beckett que han renunciado a la autojustificación, al intercambio dialógico y a la esperanza. Si uno en efecto desea emprender ese intento, entonces, por supuesto, la Geistesgeschichte aun la variedad de una Geistesgeschichte materialista, nominalista, entzauberte, que estoy adjudicando a Foucault— es una de las primeras cosas de las cuales uno debe deshacerse. He escrito lo anterior en la suposición de que no queremos llevar a cabo ese intento, sino que, por el contrario, queremos hacer que nuestro diálogo con los muertos sea más rico y pleno.»
Este texto y su referencia a Foucault bien valdrían su propia reflexión. Ramón Alcoberro tiene un esquema al respecto muy interesante.
↩︎ - Y no hablo solo figuradamente. ¿Acaso no podría verse precisamente en este gesto el símbolo mismo de la crisis de la modernidad, ya en el «Entierro prematuro» de Edgar Allan Poe y en sus imitadores contemporáneos, como Quentin Tarantino (por partida doble) o en la versión de Rodrigo Cortés? ↩︎
- Parece que hay que pedir disculpas prácticamente por citar a este autor por motivos extrafilosóficos que no son objeto de atención aquí y ahora, aunque no son «gratuitos», como diría el propio autor. ↩︎
