¿DE QUIÉN ES LA CULPA?

En la vida escolar, como en la vida en general, suceden cosas. Algunas buenas, otras no tanto. Algunas son fruto de decisiones claras, otras de impulsos, y otras, simplemente, accidentes.

Y, sin embargo, cada vez que algo ocurre, parece que nace en nosotros una necesidad inmediata de encontrar a la persona culpable, como si el hacerlo nos diera la llave para resolver lo sucedido. Como si bastara con señalar a alguien para que el conflicto o el daño desapareciera.

Nos encontramos a menudo interrogando a niños y niñas sobre situaciones que ni siquiera ellos terminan de entender o recordar con claridad. Les pedimos explicaciones con la urgencia del adulto que necesita certezas. Y a veces, con la mejor de las intenciones, damos por válidas versiones incompletas, esquemáticas o simplemente construidas para satisfacer nuestra necesidad de sentido.

Pero no todo tiene culpables. Hay ocasiones en que las cosas simplemente pasan. Tropiezos, roces, olvidos, reacciones espontáneas… Hay veces que no hay nadie detrás con una intención clara. Y no siempre podemos –ni debemos– convertir todo en una investigación para llegar a una confesión o a una disculpa que tranquilice nuestro deseo adulto de control generando por el camino situaciones desagradables para tod@s.

Desde el colegio, trabajamos con cuidado, con criterio y con escucha. Indagamos, sí, pero también respetamos el tiempo y el proceso de los niños y niñas. Les enseñamos a reparar, a hacerse responsables, a reflexionar. Pero también les enseñamos que la culpa no siempre es el camino y que muchas veces comprender es más valioso que acusar.

Confiad en nuestro trabajo. Hay mucho más en juego que encontrar al culpable.

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